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AGUALUNA. De Luis Arias Manzo

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Crítica en torno a ‘Agualuna’. Por Jorge Sepúlveda Jara

Chile Santiago ‘Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra / de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar / trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una, / a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso’. [Gonzalo Rojas]

Los pasos que sigue la existencia de un hombre evidencian -y no podría ser de otro modo- un conocerse a sí mismo y un revelarse ante los demás. Y he aquí un acercamiento de primer orden al yo interior de un hombre, del modo más directo y, también, más drástico: se trata de un autor, que es narrador y, oh!, economía de las voces!, asimismo, protagonista.
Como el vehículo apropiado para tan íntima expresión, el autor se hospeda en los géneros y hablantes que, con mayor acierto, reflejan y dan vías de manifestación al alma humana. Así, la narración en primera persona, de un hablante que siempre se explaya acerca tanto de las vicisitudes de su corazón, esencialmente maltrecho, como de los sucesivos encuentros con mujeres que le resultan notables.
En efecto, al buffette del abogado y crítico literario que suscribe llegan, amparadas en un espaciado conocimiento con su autor, el chileno Luis Arias Manzo, estas páginas envueltas en el formato de un relato breve, en el que de una manera novedosa se combinan la prosa con veinticinco encendidas entregas poemáticas.
En cuanto se vincula al género, en una acepción más técnica, el autor recurre a una variante del relato epistolar [o de la novela epistolar, si se quiere mencionar el parámetro mayor], para darnos a conocer la relación sentimental, en su sentido más prístino, entre Luis y Paulina, o entre el librero del corazón trepidante y Agualuna, la bruja que ostenta y exhibe este cartel.
Todavía más, la modernidad permite que tengamos la posibilidad -como signo de los tiempos que corren- de asistir al desarrollo de un verdadero cyber relato, en donde la comunicación utilizando el privilegiado vehículo de la Internet resulta más profunda, de más calidad interrelacional, etc., incluso tratándose de la comunicación entre personas situadas en un mismo lugar físico, como aconteció en todas las ocasiones en que Luis y Paulina se remitían, mutuamente, e-mails, encontrándose ambos en la librería del primero. Luego, aquí, la epístola sigue un trazado técnico, aunque su contenido, casi paradojalmente, tenga una significativa carga mística, o bien, derechamente mistérica.
Las relaciones sentimentales se urden entre el protagonista y mujeres de borrosos contornos físicos. En ellas, más bien, este aspecto resulta subordinado al de un superior halo mistérico. No tenemos gran descripción física de ellas, pero sí advertimos pronto que se trata de mujeres provistas de una gran agudeza mental y una privilegiada capacidad de hurgar en el alma humana. Así:
– AGUALUNA, es la ‘Maestre Suprema de la Tradición de la Luna’. Panameña, hermosa, de ojos azules, adivina el futuro y lee el tarot. Se muestra muy receptiva y sensible frente a los versos que periódicamente le remite Luis. Sostiene no poseer los medios de expresión para contener o reflejar tanta belleza;

– LINDA, niña-mujer, mexicana, 20 años menor que Luis. Con ella vive un fugaz y ardoroso romance, previamente alentado por incitantes comunicaciones previas. Es, de las mujeres, tal vez la menos delineada, aunque se la corona con un no poco categórico ‘con ella viví los momentos más felices que he vivido con una mujer durante toda mi vida’;
– PACHAMAMA, musa francesa [como la nombra], de paso fugaz aunque de profunda huella, la caracteriza también un atractivo halo místico.
Hasta los nombres de estas significativas mujeres son mensajes cifrados. Aparte de las ya nombradas, requeriría de al menos alguna mención la japonesa Kyoko, avezada en el arte del reiki y otro estilete en el agudo afán de escudriñar y purificar las humanas almas.
El relato, si bien se centra, medularmente, en una acotada relación sentimental en el tiempo, es -desde otro vértice- palmariamente autobiográfico. Reseña, mediante flashes y un central racconto, pasajes de la vida del autor, desde la cuna y la infancia de éste, e incluso más, ilustra debidamente el entorno en que es arrojado a esta existencia, presentando con encomio a sus progenitores, y algunos de los más distintivos rasgos de éstos.
Continúa con su etapa primaria de juventud, y, luego, como un quiebre en el tiempo, en su tiempo, el Golpe de Estado de 1973 en Chile, que da pie para iniciar un errático rondar por Argentina para, claramente por su bien, derivar en un asentamiento en la acogedora tierra francesa, lo que abre en definitiva y por el resto de sus días, el mundo de nuestro fugitivo héroe.
Por otra parte, como ya se enunció, el tramado de la relación se nuclea en torno a la epístola computacional, o la cyber-epístola, pero la forma combina, porque la vida representativa del sentimiento así lo exige, la prosa con el verso, los que se necesitan y retroalimentan.
Y he aquí que la voz del poeta-guerrero-narrador suena a la de un Bradomín del 2001, como un melancólico amante siempre tras la hembra que no se tiene, o que se tiene pero sin congraciarse con la plenitud. Ciertamente, este modo de acercamiento se reproduce en forma de clave con el final inconcluso, acaso desconcertante, de la narración… ¿Qué fue de Agualuna? ¿Quién fue? ¿Lo vivió o lo soñó? ¿O lo ‘vivió’ antes?
El verso es siempre libre, en el que impera con mayor asiduidad la rima asonante, en estrofas de cinco, seis u ocho versos. Como nota dominante, hay en ellos una declamación al amor, humano, de pareja, sensual; la unidad, en consecuencia, está dada ante todo por encendidas declaraciones de amor, o bien rememoranzas de cálidas jornadas. Ya hacia el final, el último de los poemas, ‘Agualuna XXV’, contiene el llanto del poeta y del hombre, desesperado y sin respuestas, frente a un final tan inexplicado como aciago. Al punto que, en la última estrofa, recurre a la más pequeña de sus mujeres, y a la más distante, para implorar ese socorro que no encuentra destinataria cercana: ‘Oh, hija mía, lejana hija mía,/ Ya no sé a quién recurrir,/ Mi sueño se hace tardío y pesado,/ Y los minuteros me desafían en mi muerte’.
El autor, en síntesis, nos devela en éste, el primer relato que le conocemos ['Agualuna'], una muestra relevante de lo que ha sido su vida, enfocada desde el prisma que, aparte sea situada la política, resulta ser su motor del mundo, el amor hombre-mujer, carnal y espiritual, cosmos en el que la salvación, como lo apuesta, puede advenir revestida de diosa, de sabia, de transformadora y guía de la conducta de los hombres.
Esta posibilidad deja, al cabo, y pese a la infelicidad que alojan en el poeta las mujeres que descuellan y luego huyen o se efimerizan, una alegría en éste, que es una certeza de fondo, como para mover toda una vida: la verdadera revolución está en nuestro corazón, y el abanico femenino ha venido sólo a reafirmar que el corazón del hombre, cuando de veras ama, todo lo puede, lo transforma, lo trastorna.

*Jorge Manuel Sepúlveda Jara

Profesor de Literatura

Crítico literario


Santiago, Enero del año 2002.-

Inscripción Propiedad Intelectual: N° 119792

ISBN 956-8230-00-9

Diseño portada: Leonor Escardo (Argentina)

Ilustraciones: Ignacio Briceño

Diseño Segunda Edición: Hernán Giurastante

Segunda Edición: Abril de 2006

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